El cuento de la vaca.

Si me sigues en alguna red social, estoy seguro que ya sabrás que soy un orgulloso papá de dos enanos increíbles. Uno de ellos, Gonzalo, está obsesionado con una vaca: “La vaca Lola”. Nos tiene machacados con esa canción, día tras día. Como no hay mal que por bien no venga, gracias a la dichosa vaca, he recordado una gran historia sobre otra vaca que estoy seguro te va a encantar:

El cuento de la vaca

Un maestro zen y su discípulo estaban peregrinando por campos y bosques, cuando encontraron una cabaña muy pobre. En ella vivía una familia conformada por un hombre, su mujer y cuatro hijos. Les pidieron alojamiento y alimento, y los campesinos les acogieron sin pensarlo. A pesar de su pobreza, compartirían lo poco que tenían. Durante la cena, el maestro preguntó de qué vivían. El hombre le explicó que tenían una vaca, de la cual sacaban la leche diaria y un poco más que cambiaba a otros campesinos por algunos alimentos. Con lo que sobraba hacían queso. Eso les permitía ir sobreviviendo a duras penas.
La siguiente mañana los viajeros se levantaron antes que nadie y prosiguieron su camino. Entonces el discípulo le dijo al maestro:

–Maestro, qué buena gente. Compartieron con nosotros lo poco que tenían. Y qué pobres son. ¡Cómo me gustaría ayudarlos! ¿No podemos hacer nada por ellos? El maestro, sin pensarlo, le dijo:

–¿Quieres ayudarlos? Ve y empuja la vaca por el barranco.

–Pero maestro, ¡es su única fuente de alimento! –replicó el discípulo.

–¡No discutas y haz lo que te digo! Y el discípulo así lo hizo, tirando la vaca por el barranco y matándola, muy a su pesar, pero confiando en la sabiduría de su maestro.

Un año más tarde, el discípulo volvió a pasar solo por la región y, lleno de remordimiento y curiosidad, pasó por la casa. Al acercarse, la vio mucho más arreglada e incluso vio mucho terreno sembrado que no lo estaba en la visita anterior. Pensó que quizá la familia habría muerto de pobre y otra con más posibilidades se había instalado en su lugar. Pero no era así. Al verlo llegar, el campesino se acercó y le dijo:

–Bienvenido, ¡cuánto me alegro de verle! ¡Ustedes nos trajeron suerte! El día que se fueron, se nos cayó la vaca por el barranco.

–Vaya, lo siento mucho –dijo el alumno.

–¡Al contrario! –replicó el campesino

–Al principio nos desesperamos pensando que íbamos a morir de hambre y lo primero que hice fue vender la carne. Con lo poco que nos dieron, compré unas semillas y me puse a sembrar para tener algo que comer los siguientes meses, pero la cosecha fue buena y pudimos vender algo en el mercado así que compré un par de ovejas. A raíz de eso, mi esposa comenzó a tejer algunas prendas de lana que vende en el mercado y le va muy bien, y mi hijo mayor aprendió a trabajar la madera del bosque y hace muebles para toda la comarca. También hemos podido comprar la casa, que no era nuestra, y estamos pensando en comprar más terrenos para sembrar.

Moraleja:

Todos tenemos una vaca que quizás no está privando de ver todo lo que podemos lograr.